(Neruda: 1971)
Hace 36 años la Academia Sueca otorgaba el Premio Nobel de Literatura
al poeta chileno. García Marquez contó que Neruda empezó a escribir su
discurso, usando su célebre tinta verde, a la vuelta de...
... una hoja del menú, durante un cena de amigos en París, apenas 48
horas antes de la ceremonia de Estocolmo.
Estocolmo - 1971
"Mi discurso será una larga travesía, un viaje mío por regiones,
lejanas y antípodas, no por eso menos semejantes al paisaje y a las
soledades del norte. Hablo del extremo sur de mi país. Tanto y tanto
nos alejamos los chilenos hasta tocar con nuestros límites el Polo
Sur, que nos parecemos a la geografía de Suecia, que roza con su
cabeza el norte nevado del planeta.
Por allí, por aquellas extensiones de mi patria adonde me condujeron
acontecimientos ya olvidados en sí mismos, hay que atravesar, tuve que
atravesar los Andes buscando la frontera de mi país con Argentina.
Grandes bosques cubren como un túnel las regiones inaccesibles y como
nuestro camino era oculto y vedado, aceptábamos tan sólo los signos
más débiles de la orientación.
No había huellas, no existían senderos y con mis cuatro compañeros a
caballo buscábamos en ondulante cabalgata -eliminando los obstáculos
de poderosos árboles, imposibles ríos, roqueríos inmensos, desoladas
nieves, adivinando más bien el derrotero de mi propia libertad.
Los que me acompañaban conocían la orientación, la posibilidad entre
los grandes follajes, pero para saberse más seguros montados en sus
caballos marcaban de un machetazo aquí y allá las cortezas de los
grandes árboles dejando huellas que los guiarían en el regreso, cuando
me dejaran solo con mi destino.
Cada uno avanzaba embargado en aquella soledad sin márgenes, en aquel silencio verde y blanco, los árboles, las grandes enredaderas, el
humus depositado por centenares de años, los troncos semiderribados
que de pronto eran una barrera más en nuestra marcha. Todo era a la
vez una naturaleza deslumbradora y secreta y a la vez una creciente
amenaza de frío, nieve, persecución.
Todo se mezclaba: la soledad, el peligro, el silencio y la urgencia de
mi misión.
A veces seguíamos una huella delgadísima, dejada quizás por
contrabandistas o delincuentes comunes fugitivos, e ignorábamos si
muchos de ellos habían perecido, sorprendidos de repente por las
glaciales manos del invierno, por las tormentas tremendas de nieve
que, cuando en los Andes se descargan, envuelven al viajero, lo hunden
bajo siete pisos de blancura.
A cada lado de la huella contemplé, en aquella salvaje desolación,
algo como una construcción humana.
Eran trozos de ramas acumulados que habían soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de centenares de viajeros, altos cúmulos de madera para recordar a los caídos, para hacer pensar en los que no pudieron seguir y quedaron allí para siempre debajo de las nieves.
También mis compañeros cortaron con sus machetes las ramas que nos
tocaban las cabezas y que descendían sobre nosotros desde la altura de
las coníferas inmensas, desde los robles cuyo último follaje palpitaba
antes de las tempestades del invierno.
Y también yo fui dejando en cada túmulo un recuerdo, una tarjeta de
madera, una rama cortada del bosque para adornar las tumbas de uno y
otro de los viajeros desconocidos.
Teníamos que cruzar un río. Esas pequeñas vertientes nacidas en las
cumbres de los Andes se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y
atropelladora, se tornan en cascadas, rompen tierras y rocas con la
energía y la velocidad que trajeron de las alturas insignes: pero esa
vez encontramos un remanso, un gran espejo de agua, un vado.
Los caballos entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera.
Pronto mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo
comencé a mecerme sin sostén, mis pies se afanaban al garete mientras
la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre.
Así cruzamos. Y apenas llegados a la otra orilla, los baqueanos, los
campesinos que me acompañaban me preguntaron con cierta sonrisa:
-¿Tuvo mucho miedo?
-Mucho. Creí que había llegado mi última hora, dije.
-Íbamos detrás de usted con el lazo en la mano me respondieron. -Ahí
mismo agregó uno de ellos cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No
iba a pasar lo mismo con usted.
"Seguimos hasta entrar en un túnel natural que tal vez abrió en las
rocas imponentes un caudaloso río perdido, o un estremecimiento del
planeta que dispuso en las alturas aquella obra, aquel canal rupestre
de piedra socavada, de granito, en el cual penetramos.
A los pocos pasos las cabalgaduras resbalaban, trataban de afincarse
en los desniveles de piedra, se doblegaban sus patas, estallaban
chispas en las herraduras: más de una vez me vi arrojado del caballo y
tendido sobre las rocas. La cabalgadura sangraba de narices y patas,
pero proseguimos empecinados el vasto, el espléndido, el difícil
camino.
Algo nos esperaba en medio de aquella selva salvaje. Súbitamente, como singular visión, llegamos a una pequeña y esmerada pradera acurrucada en el regazo de las montañas: agua clara, prado verde, flores
silvestres, rumor de ríos y el cielo azul arriba, generosa luz
ininterrumpida por ningún follaje.
Allí nos detuvimos como dentro de un círculo mágico, como huéspedes de un recinto sagrado: y mayor condición de sagrada tuvo aun la ceremonia en la que participé.
Los vaqueros bajaron de sus cabalgaduras. En el centro del recinto
estaba colocada, como en un rito, una calavera de buey. Mis compañeros
se acercaron silenciosamente, uno por uno, para dejar unas monedas y
algunos alimentos en los agujeros del hueso.
Me uní a ellos en aquella ofrenda destinada a toscos Ulises
extraviados, a fugitivos de todas las raleas que encontrarían pan y
auxilio en las órbitas del toro muerto. Pero no se detuvo en este
punto la inolvidable ceremonia.
Mis rústicos amigos se despojaron de sus sombreros e iniciaron una
extraña danza, saltando sobre un solo pie alrededor de la calavera
abandonada, repasando la huella circular dejada por tantos bailes de
otros que por allí cruzaron antes.
Comprendí entonces de una manera imprecisa, al lado de mis
impenetrables compañeros, que existía una comunicación de desconocido a desconocido, que había una solicitud, una petición y una respuesta aun en las más lejanas y apartadas soledades de este mundo.
Más lejos, ya a punto de cruzar las fronteras que me alejarían por
muchos años de mi patria, llegamos de noche a las últimas gargantas de
las montañas.
Vimos de pronto una luz encendida que era indicio cierto de habitación
humana y, al acercarnos, hallamos unas desvencijadas construcciones,
unos destartalados galpones al parecer vacíos.
Entramos a uno de ellos y vimos, al calor de la lumbre, grandes
troncos encendidos en el centro de la habitación, cuerpos de árboles
gigantes que allí ardían de día y de noche y que dejaban escapar por
las hendiduras del techo el humo que vagaba en medio de las tinieblas
como un profundo velo azul.
Vimos montones de quesos acumulados por quienes los cuajaron a
aquellas alturas. Cerca del fuego, agrupados como sacos, yacían
algunos hombres.
Distinguimos en el silencio las cuerdas de una guitarra y las palabras
de una canción que, naciendo de las brasas y la oscuridad, nos traía
la primera voz humana que habíamos topado en el camino.
Era una canción de amor y de distancia, un lamento de amor y de
nostalgia dirigido hacia la primavera lejana, hacia las ciudades de
donde veníamos, hacia la infinita extensión de la vida.
Ellos ignoraban quiénes éramos, ellos nada sabían del fugitivo, ellos
no conocían mi poesía ni mi nombre. O lo conocían, nos conocían?
El hecho real fue que junto a aquel fuego cantamos y comimos, y luego
caminamos dentro de la oscuridad hacia unos cuartos elementales. A
través de ellos pasaba una corriente termal, agua volcánica donde nos
sumergimos, calor que se desprendía de las cordilleras y nos acogió en
su seno.
Chapoteamos gozosos, cavándonos, limpiándonos el peso de la inmensa
cabalgata. Nos sentimos frescos, renacidos, bautizados, cuando al
amanecer emprendimos los últimos kilómetros de jornadas que me
separarían de aquel eclipse de mi patria. Nos alejamos cantando sobre
nuestras cabalgaduras, plenos de un aire nuevo, de un aliento que nos
empujaba al gran camino del mundo que me estaba esperando.
Cuando quisimos dar (lo recuerdo vivamente) a los montañeses algunas
monedas de recompensa por las canciones, por los alimentos, por las
aguas termales, por el techo y los lechos, vale decir, por el
inesperado amparo que nos salió al encuentro, ellos rechazaron nuestro
ofrecimiento sin un ademán. Nos habían servido y nada más. Y en ese
"nada más" en ese silencioso nada más había muchas cosas
subentendidas, tal vez el reconocimiento, tal vez los mismos sueños.
Señoras y Señores:
Yo no aprendí en los libros ninguna receta para la composición de un
poema: y no dejaré impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o
estilo para que los nuevos poetas reciban de mí alguna gota de
supuesta sabiduría. Si he narrado en este discurso ciertos sucesos del
pasado, si he revivido un nunca olvidado relato en esta ocasión y en
este sitio tan diferentes a lo acontecido, es porque en el curso de mi
vida he encontrado siempre en alguna parte la aseveración necesaria,
la fórmula que me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino
para explicarme a mí mismo.
En aquella larga jornada encontré las dosis necesarias a la formación
del poema. Allí me fueron dadas las aportaciones de la tierra y del
alma. Y pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que
entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento
y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la
secreta revelación de la naturaleza.
Y pienso con no menor fe que todo está sostenido -el hombre y su
sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poesía en una comunidad cada vez más extensa, en un ejercicio que integrará para siempre en nosotros la realidad y los sueños, porque de tal manera los une y los confunde.
Y digo de igual modo que no sé, después de tantos años, si aquellas
lecciones que recibí al cruzar un vertiginoso río, al bailar alrededor
del cráneo de una vaca, al bañar mi piel en el agua purificadora de
las más altas regiones, digo que no sé si aquello salía de mí mismo
para comunicarse después con muchos otros seres, o era el mensaje que
los demás hombres me enviaban como exigencia o emplazamiento".
"No sé si aquello lo viví o lo escribí, no sé si fueron verdad o
poesía, transición o eternidad los versos que experimenté en aquel
momento, las experiencias que canté más tarde.
De todo ello, amigos, surge una enseñanza que el poeta debe aprender
de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos
llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso
atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio
para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o
cantar con melancolía; mas en esa danza o en esa canción están
consumados los más antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia
de ser hombres y de creer en un destino común.
En verdad, si bien alguna o mucha gente me consideró un sectario, sin
posible participación en la mesa común de la amistad y de la
responsabilidad, no quiero justificarme, no creo que las acusaciones
ni las justificaciones tengan cabida entre los deberes del poeta.
Después de todo, ningún poeta administró la poesía, y si alguno de
ellos se detuvo a acusar a sus semejantes, o si otro pensó que podría
gastarse la vida defendiéndose de recriminaciones razonables o
absurdas, mi convicción es que sólo la vanidad es capaz de desviarnos
hasta tales extremos.
Digo que los enemigos de la poesía no están entre quienes la profesan
o resguardan, sino en la falta de concordancia del poeta. De ahí que
ningún poeta tenga más enemigo esencial que su propia incapacidad para entenderse con los más ignorados y explotados de sus contemporáneos; y esto rige para todas las épocas y para todas las tierras.
El poeta no es un 'pequeño dios'. No, no es un 'pequeño dios'. No está
signado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen
otros menesteres y oficios.
A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el
pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. El
cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar
y entregar el pan de cada día, con una obligación comunitaria. Y si el
poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la
sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de
una construcción simple o complicada, que es la construcción de la
sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre,
la entrega de la mercadería: pan, verdad, vino, sueños.
Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consignar cada
uno en manos de los otros su ración de compromiso, su dedicación y su
ternura al trabajo común de cada día y de todos los hombres, el poeta
tomará parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño de la
humanidad entera.
Sólo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a
restituirle a la poesía el anchuroso espacio que le van recortando en
cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos.
Los errores que me llevaron a una relativa verdad, y las verdades que
repetidas veces me condujeron al error, unos y otras no me permitieron
-ni yo lo pretendí nunca- orientar, dirigir, enseñar lo que se llama
el proceso creador, los vericuetos de la literatura.
Pero sí me di cuenta de una cosa: de que nosotros mismos vamos creando los fantasmas de nuestra propia mitificación.
De la argamasa de lo que hacemos, o queremos hacer, surgen más tarde
los impedimentos de nuestro propio y futuro desarrollo. Nos vemos
indefectiblemente conducidos a la realidad y al realismo, es decir, a
tomar una conciencia directa de lo que nos rodea y de los caminos de
la transformación, y luego comprendemos, cuando parece tarde, que
hemos construido una limitación tan exagerada que matamos lo vivo en
vez de conducir la vida a desenvolverse y florecer.
Nos imponemos un realismo que posteriormente nos resulta más pesado
que el ladrillo de las construcciones, sin que por ello hayamos
erigido el edificio que contemplábamos como parte integral de nuestro
deber. Y en sentido contrario, si alcanzamos a crear el fetiche de lo
incomprensible (o de lo comprensible para unos pocos), el fetiche de
lo selecto y de lo secreto, si suprimimos la realidad y sus
degeneraciones realistas, nos veremos de pronto rodeados de un terreno
imposible, de un tembladeral de hojas, de barro, de libros, en que se
hunden nuestros pies y nos ahoga una incomunicación opresiva.
En cuanto a nosotros en particular, escritores de la vasta extensión
americana, escuchamos sin tregua el llamado para llenar ese espacio
enorme con seres de carne y hueso.
Somos conscientes de nuestra obligación de pobladores y -al mismo
tiempo que nos resulta esencial el deber de una comunicación crítica
en un mundo deshabitado y, no por deshabitado menos lleno de
injusticias, castigos y dolores, sentimos también el compromiso de
recobrar los antiguos sueños que duermen en las estatuas de piedra, en
los antiguos monumentos destruidos, en los anchos silencios de pampas
planetarias, de selvas espesas, de ríos que cantan como sueños.
Necesitamos colmar de palabras los confines de un continente mudo y
nos embriaga esta tarea de fabular y de nombrar. Tal vez ésa sea la
razón determinante de mi humilde caso individual: y en esa
circunstancia mis excesos, o mi abundancia, o mi retórica, no vendrían
a ser sino actos, los más simples, del menester americano de cada
día.
Cada uno de mis versos quiso instalarse como un objeto palpable: cada
uno de mis poemas pretendió ser un instrumento útil de trabajo: cada
uno de mis cantos aspiró a servir en el espacio como signos de reunión
donde se cruzaron los caminos, o como fragmento de piedra o de madera con que alguien, otros que vendrán, pudieran depositar los nuevos signos.
Extendiendo estos deberes del poeta, en la verdad o en el error, hasta
sus últimas consecuencias, decidí que mi actitud dentro de la sociedad
y ante la vida debía ser también humildemente partidaria. Lo decidí
viendo gloriosos fracasos, solitarias victorias, derrotas
deslumbrantes.
Comprendí, metido en el escenario de las luchas de América, que mi
misión humana no era otra sino agregarme a la extensa fuerza del
pueblo organizado, agregarme con sangre y alma, con pasión y
esperanza, porque sólo de esa henchida torrentera pueden nacer los
cambios necesarios a los escritores y a los pueblos.
Y aunque mi posición levantara o levante objeciones amargas o amables,
lo cierto es que no hallo otro camino para el escritor de nuestros
anchos y crueles países, si queremos que florezca la oscuridad, si
pretendemos que los millones de hombres que aún no han aprendido a
leernos ni a leer, que todavía no saben escribir ni escribirnos, se
establezcan en el terreno de la dignidad sin la cual no es posible ser
hombres integrales.
Heredamos la vida lacerada de los pueblos que arrastran un castigo de
siglos, pueblos los más edénicos, los más puros, los que construyeron
con piedras y metales torres milagrosas, alhajas de fulgor
deslumbrante: pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las épocas terribles del colonialismo que aún existe".
Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. Pero no
hay lucha ni esperanza solitarias. En todo hombre se juntan las épocas
remotas, la inercia, los errores, las pasiones, las urgencias de
nuestro tiempo, la velocidad de la historia.
Pero, ¿qué sería de mí si yo, por ejemplo, hubiera contribuido en
cualquier forma al pasado feudal del gran continente americano? ¿Cómo
podría yo levantar la frente, iluminada por el honor que Suecia me ha
otorgado, si no me sintiera orgulloso de haber tomado una mínima parte
en la transformación actual de mi país?
Hay que mirar el mapa de América, enfrentarse a la grandiosa
diversidad, a la generosidad cósmica del espacio que nos rodea, para
entender que muchos escritores se niegan a compartir el pasado de
oprobio y de saqueo que oscuros dioses destinaron a los pueblos
americanos.
Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes
de reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del
sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable
ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso
y avanza cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes
como a los infatuados impacientes. Porque creo que mis deberes de
poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría,
con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino también con las
ásperas tareas humanas que incorporé a mi poesía.
Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz
de los desesperados, escribió esta profecía: A laurore, armés dune
ardente patience, nous entrerons aux splendides Villes. (Al amanecer,
armados de una ardiente paciencia entraremos en las espléndidas
ciudades.)
Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el vidente. Yo vengo de una oscura
provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante
geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue
regional, dolorosa y lluviosa.
Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la
esperanza.
Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi
bandera.
En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los
trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en
esa frase de Rimbaud: sólo con una ardiente paciencia conquistaremos
la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los
hombres.
Así la poesía no habrá cantado en vano".
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